
Todo está muy bien, está bella, completa y creciendo. Al rato subo imágenes.
Nueva fecha de arribo: 26 de septiembre.

-Mañana-
Hace como 17 años que no voy al dentista. Permítanme que explique mi situación.
Mi familia era de clase media tendiendo a pobretonona. Nunca nos faltó nada, excepto todo lo que era considerado superfluo/lujoso (vacaciones, ropa nueva y no usada, modas, discos, salir a paseos, etc). En cuestiones médicas, debido a que mi mamá era (es) maestra, teníamos un servicio de clínica al que podíamos asistir y que hasta nos daban las medicinas gratis. Eso era bueno porque no había dinero suficiente para nada “exótico” o fuera de los servicios que pudieran proporcionar en el sindicato. En su mayor parte el servicio no estaba tan mal, uno iba por la mañana, sacaba una ficha y hacía fila hasta que lo atendían, que por lo general podía ser una hora o dos. Excepto cuando tenías algún padecimiento para especialista y entonces tenías que pedir ficha con un médico general y después que te refiriera con un especialista ir a anotarte en un diario y que te dieran una ficha fechada y zas, tenías que presentarte hasta que te tocara.
Pedir cita con el dentista era realmente tardado, podían pasar semanas y ahí tenías que vivir con el absceso o la caries pulsante, pero ni modo, si querías atención “gratuita” te tenías que aguantar.
¡Y qué atención la recibida! Cuando se me cariaba una muela, pasaba tanto tiempo en que me dieran cita que me acostumbré al dolor molar. Y el resultado siempre era el mismo, siempre el terroridentista determinaba que me sacaran la muela. Así perdí no una, ni dos, ni tres sino cuatro. Todo por la incompetencia del sistema médico sindical y la imposibilidad económica de mis padres. La única opción posible era sacarlas: no ofrecían endodoncias, ni empastes ni nada, sólo limpiezas y extracciones (de las dolorosas). Y mis papás pues ahí se estrujaron el corazón pero decidieron que se procediera, al fin y al cabo confiaron que de grande tendría el dinero para corregir lo que necesitara. Bujú
Si hubiéramos ido con un dentista de los de fuera, de los caritos, de los competentes, mi boca hubiera sido diferente, por lo pronto tendría más piezas dentales.
La última vez que fuimos con el troglodita de la clínica, fue en una cita en su consultorio de fuera, porque era periodo vacacional o estaban arreglando la oficina en la clínica, ya no recuerdo bien. No se acordaba de mí y al verme la boca me dijo algo así como “¿pero quién fue el salvaje que le hizo esto a tu boca?” No pude responder nada por todas los aparatejos que traía. Sólo alcancé a esbozar un arrrrrrrrrrrrrgh gutural y se me salieron las lágrimas del coraje.
El caso es que por eso le desarrollé aversión a ir con el dentista. Ni para limpiezas, ni llenado de caries, ni nada de eso. Fue mi pequeña rebelión imperfecta e irracional. Por poquito y me salgo con la mía si no fuera porque hace tres días empecé a sentir un dolor familiar: el dolor del diente cariado pero de verdad. Me duele la quijada y lo único que puedo tomar es paracetamol.
En esta ocasión no me puedo hacer pato: las estadísticas muestran que Chicharito tiene mayores posibilidades de nacer prematuro y con bajo peso si no me atiendo esto ahorita, a la de ya.
Así que ahí voy, con el miedo y la vergüenza entre las patas, con la pena de abrir mi monstruosidad de boca ante una extraña para ser juzgada por mi desidia, por mi pobreza y por mis cuatro muelas robadas.
Pues resulta que necesito una endodoncia. Tengo miedo: los dolores, los sabores, los sonidos, los recuerdos. Pero en fin, la dentista le pidió permiso a la gine para operar y zas, que todo está en regla porque ya estoy en el segundo trimestre. Se puede salvar el diente, yay. Hay que matar al nervio, bu. La próxima semana programamos la cita. Y la dentista me asegura que todo estará bien, ella también está embarazada, por lo que me siento en confianza casi desde el momento en que llego al lugar.
Y sí, me dijo que qué salvajada me hicieron de niña, que las muelas que me quitaron fueron las premolares, las que te salían cuando tenías 6 añitos. Que probablemente se hubieran podido salvar fácilmente. Buaaa.
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